El maestro Jaime R. Echavarría
2010-02-15 00
Era entonces el famoso compositor presidente de Sayco-Acimpro, cuyos recursos manejaba con esmero, procurando incrementarlos y hacerlos llegar oportunamente a los destinatarios naturales, muchos de ellos músicos en muy malas condiciones económicas. Su oficina quedaba en un lugar céntrico de Medellín, cerca del Club Unión, de cuya Junta Directiva también era presidente Echavarría, y adonde nos invitó a almorzar después de la entrevista, al fotógrafo y a mí.
“Caballero de fina estampa”, como dice la canción de Chabuca Granda, Jaime R. era un señor de finos modales y exquisito sentido del humor. Ingeniero Químico, empresario, político, diplomático y dirigente cívico, en sus movimientos y ademanes no había prisa y en el diálogo dejaba al interlocutor decir lo suyo, mientras escuchaba con atención, sin que interrumpiera para decir algo entre líneas, atender llamadas telefónicas o dar órdenes a subalternos.
Hablamos, por supuesto, de sus canciones y de su vida personal, de lo que el Maestro informaba al entrevistador con fluidez, sin darle mayor relevancia al tema. Lástima que el texto que publicó “el diario de casa” se haya perdido, porque de eso hace casi 30 años. Pero retengo en la memoria dos anécdotas. Por ser Echavarría, de los de Coltejer, Ingeniero Químico y saber inglés, fue designado para asistir a un curso sobre colores a la Sherwin Williams de los Estados Unidos. Joven, distinguido y sociable, fue objeto de varias despedidas, de parte de familiares, amigos y compañeros de trabajo.
En la entrevista con el funcionario correspondiente, en la empresa de pinturas y colorantes para diversos usos, le puso el gringo a Jaime R. al frente una carpeta de colores para que los identificara. Cuando comenzó a decir cuál era cada uno, el entrevistador lo interrumpió bruscamente, le arrebató la carpeta y le dijo: ¡Cómo mandan de Colombia a un curso sobre colores a alguien que no los distingue! Usted es daltónico, no sirve. El muchacho, perplejo, sólo acató a decirle: Esta bien, no sirvo. Pero le voy a pedir un favor. Déjeme aquí algunos días, porque usted no sabe el mundo de despedidas que me hicieron en Medellín y qué pena con esa gente volver tan ligero.
La otra anécdota que he conservado fue la de la presentación de credenciales ante el emperador Hailé Selassié, cuando fue embajador en Etiopía, y al llegar al despacho imperial se encontró con que la puerta la custodiaban dos leones de carne y hueso y él tenía que pasar por entre ellos. “Podían ser amaestrados, muecos o lo que fuera, pero qué susto tan verraco”, me dijo.
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